Beauté harassment


Salon de belleza masculino

Espero no pasar a la historia como acuñador de una expresión tan esperpéntica, algo así como “maltratado por la belleza”, o mejor dicho, por algunos profesionales de la belleza ajena (hay que ver el aspecto que tienen algunos de ellos). Desde el inicio del boom de la estética y la cosmética masculinas en España, algunos en el sector piensan que todos los que usamos potingues somos idiotas y/o millionarios. Neither case.

Desde hace algunos años me depilo las cejas. Como las artes manuales nunca fueron lo mío, de vez en cuando, y siempre con menos asiduidad de la conveniente, acudo a una peluquería cercana a mi casa para que una especialista deshaga los entuertos causados por mi impaciencia e impericia.

Como mi salvadora se encuentra de baja maternal, esta vez tuve que recurrir a un centro de estética masculina a la vuelta de la esquina. Es uno de esos lugares en los que la estética medio zen se mezcla con el metal y los silloncitos imposibles al estilo de la nueva recepción de la sede central del PP. Allí me recibieron un cuarentón muy simpático y bastante recauchutado y una rubia explosiva (names are withled), quien me invitó a acompañarla al sótano del local. Allí me hizo una auténtica obra de arte, al menos a juzgar por las reacciones de las personas que he visto en los días siguientes, y me dio una charla sobre formas y dimensiones que me aburrió bastante. Me sentí tan satisfecho que no dudé en concertar una cita con ella para una limpieza de cutis para el día siguiente. Poco sabía yo los aviesos planes de la rubia y su risueño jefe.

Veinticuatro horas después de nuestro primer encuentro, entré de nuevo en el centro de belleza esperando lo mejor. Cuál no sería mi sorpresa cuando, nada más comenzar a untarme los ungüentos típicos del procedimiento, la rubia comenzó a hablarme de un tratamiento especial que me dejaría el cutis estupendo. Sin solución de continuidad, la esteticista, que por supuesto no tenía ningún deseo de venderme nada porque “yo no soy comercial”, sino de “asesorar a todos nuestros clientes”, me presentó una especie de bono por cinco sesiones de no sé qué al módico precio de 300 euros que me dejaría como nuevo. Tras masajearme los pies y dejarme medio sonné, la tía me plantó unos cuantos frascos y botes delante y me recitó sus precios. Ni que decir tiene que me faltó tiempo para vestirme –la limpieza se realiza sobre una camilla en la que uno queda casi como dios le trajo al mundo– y salir zumbando escaleras arriba para librarme de aquel tostón.

Pensando que todo había acabado, me arrellané aliviado en la butaca de la sección de peluquería. Al momento apareció un chico muy simpático y que, por qué no decirlo, estaba como un auténtico tren. A los pocos segundos de comenzar a cortarme el pelo –antes de que se me olvide, debo decir que la limpieza de cutis estuvo a la altura de la depilación del día anterior: magnífica- el fulano empezó a comerme la moral diciendo que tenía el cabello muy mal y que se me iba a caer para pasar directamente a hacerme una demostración como de Teletienda de unas ampollas mágicas que acabarían con todos mis males. Igual que en los infocomerciales de larga duración, la presentación consistió en la reiteración ad nauseam de las virtudes del producto, su precio, y algunos “hechos” que confirmaban su calidad. Por ejemplo, ¿sabía usted que la aplicación de la biotecnología a la alopecia está siendo bloqueada por una conspiración de las grandes empresas cosméticas? Ya sé que estoy en Barcelona y que estos días en Sitges se celebra un congreso de Exopolítica, pero no les hablo de eso, sino de un peluquero intentando que un cliente aparentemente incauto se deje los cuartos en su salón.

Sinceramente, nunca había pasado tan mal rato en una peluquería. Lo que siempre había sido un rato de placer, relajación y admiración por las manos –y algunas veces otras partes del cuerpo- del coiffer, o como se diga, se transformo en una auténtica tortura china. Huelga decir que no hizo falta que el chico me peinase después. Salí con los pelos como escarpias.

En fin, que estos días uno nunca sabe lo que le espera en uno de esos nuevos centros de belleza. Prefiero mi peluquería de siempre, donde nadie te molesta. Como mucho te preguntan cómo te va, y si te apetece cuentas alguna historia, te desahogas un poco y luego lo compensas con una buena propina. Lo que critico de esta gente no es que se dedique a vender, sino que lo haga con tan poco tacto y sin ninguna naturalidad.

Mis lectores más glamurosos saben que una de las mejores experiencias turísticas de Los Ángeles consiste en almorzar en el restaurante de algunos grandes almacenes elegantes de Beverly Hills o Rodeo Drive (pronuncidao /róudio/, no me sean paletos), donde la comida es amenizada por las visitas siempre breves y amables de apuestos modelos que le muestran a uno las últimas novedades de varias firmas de moda, normalmente europeas, y le entregan tarjetas de descuento y muestras de cremas y perfumes. Si eres listo y te enrollas con los maniquís, puedes conseguir alguna muestra extra o que el descuento también se aplique a ese producto que sabes que nunca rebajan, de modo que al final compensas el precio de la comida, que suele ser un tanto exorbitante. Y si no te lo puedes permitir, se lo entregas a tus anfitriones angelinos –en mi caso, mis queridos Bradley y Virginia, que dios les haga vivir felices muchos años– y ya has cumplido con ellos, al menos en lo material (el cariño y la hospitalidad sólo se pagan ofreciéndoselos a otros). Cualquier parecido entre esto y la mal disimulada avaricia y falta de escrúpulos de algunos profesionales de la estética en España es pura coincidencia.

Como le decía el otro día a un erastes a propósito de los doblajes de algunos personajes de series de TV norteamericanas, una cosa es ser metrosexual, sufrir la crisis de los treintaintantos o ser simplemente un poco maricón, y otra muy distinta ser gilipollas. Seguro que si aprendiesen la diferencia el negocio les iría mucho mejor.

chuecadilly@yahoo.es

5 Respuestas a “Beauté harassment

  1. Luis, tienes que dejarte de tanta milonga y venir a cortarte el pelo a mi barrio. David es un peluquero tan bakala como simpático y no sabes el relax que supone que te hable del culo de J-Lo (siempre tiene puesto algún programa infumable en la tele) mientras suelta chistes a grito pelado a “sus niñas”, tres o cuatro oficialas reteñidas a las que trata francamente bien.
    Uno sale de allí realmente satisfecho y sintiéndose más poligonero que metrosexual. Te lo recomiendo.

  2. Me viene a la cabeza ese chiste en el que un amigo encuentra a otro pescando en un río con una maza y con un poco de mala uva le pregunta, ¿Qué, pican muchos? A lo que el otro contesta, no, no pican muchos, pero al que pica…

    John W.

  3. Alvaro Lodares

    ¿ El centro es el que me comentaste que estaba cerca de mi casa o no tiene nada que ver?

    • El que está cerca de tu casa no tiene nada que ver con este, puedes estat tranquilo. El de tu barrio es otra cosa y la dueña una profesional de primera que sabe cómo tratar a la gente.

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