Los progres lo hacen mejor (o eso pensamos Matthew Parris y yo)


Castle in Spain

Matthew Parris, columnista del diario The Times, ex parlamentario y antiguo secretario de Margaret Thatcher allá por los años 70, dedica parte de sus artículos veraniegos a promocionar nuestro país. El pasado 20 de agosto el autor de A Castle in Spain describía la vista desde la cumbre pirenaica Pica d’Estats y recordaba la escalada que llevó a cabo Jordi Pujol cuando corrió el rumor de que el entonces presidente de la Generalitat era demasiado viejo para presentarse a la reelección.  “¡Qué héroe!  ¡Qué showman! Yo acabo de cumplir 60, así que os envío esto desde aquí a modo de imitación”.

Matthew Parris, cuyas crónicas parlamentarias y libros de humor político fueron una de las principales causas de que, back in the city tras mi fuga a Londres en 1990 con un inglés del que me enamoré, me decidiera a estudiar Políticas, acaba de cumplir 60 años. Penúltimo reminder de que el tiempo no pasa en vano.  Qué poca atención les prestamos antes de los 30. Cruzado aquel umbral, uno los recibe de forma casi diaria. En fin, quién me iba a decir a mí que uno de mis ídolos llegaría a viejo, y que no sería hasta después de los 40 que el bueno de Matthew sentaría la cabeza con Julian Glover, columnista del diario izquierdista The Guardian. Alguna vez me he preguntado si la pareja hablará de política en la cena. “Tu partido se ha anotado un buen tanto esta tarde en las preguntas al Primer Ministro”. “Bueno, no ha estado tan mal. Vigila el horno mientras me doy una ducha, me he puesto perdido arreglando los rosales del jardín”.

Esta mañana, mientras deambulaba por su apartamento rumbo a la cocina a eso de la una de la tarde tras lo que por sólo puedo describir como una noche maravillosa -¿promesa de un punto de inflexión o principio del fin de algo que acabará antes de nacer?- reparo en un libro titulado How To Write Journalism publicado por The Guardian. Minutos después entramos en un quiosco y compra un ejemplar del diario Público, el cual regala un libro de Vázquez Montalbán sobre el franquismo. La parte documental es interesante y valiosa; los razonamientos del autor sobre el origen del fascismo, lecciones de marxismo de mercadillo, puro delirio de rojeras provinciano con restos de queso manchego curado entre los dientes. También se lleva el ABC, que comienza por el final, igual que yo. Él lo hace por motivos profesionales. Yo por el hartazgo con la política y en general con España que me invade de vez en cuando, a pesar de que no hay nada que más me guste que hablar o discutir de política, sobre todo en público. De esa forma evito tener que hacerlo en privado. De todas formas, lejos quedan los tiempos en los que los whereabouts de nuestros políticos ocupaban gran parte de mi tiempo. Aquellos desayunos no volverán.

Hace un par de meses Matthew comentaba asombrado su nuevo puesto en la lista de los 100 gays más influyentes de Gran Bretaña. Había progresado del puesto 78 al 69. Poco después recibió una carta de la banca privada Coutts dirigida ofreciendo sus servicios. La misiva iba dirigida a “Top People” e incluía una referencia a la presencia del periodista en el ranking rosa.

Por fortuna, mi lugar en la relación de gays ibéricos más importantes no habrá superado el 500, y eso cuando en Libertad Digital me honraban con un puesto de honor en su sección de Suplementos. Espero que pase lo que pase la situación no cambie. Ahora en LD publican al presidente de una fundación que se dedica a dejar mensajes en la blogosfera afirmando que la homosexualidad es una grave tara mental y pidiendo la exclusión de los gays de los vestuarios de los gimnasios en nombre del pudor de su hijo, que por lo visto, o al menos a ojos de su padre, debe de ser irresistible. De ahí al triángulo rosa sólo hay un paso. Parafraseando al divino Tino Casal, “ser degenerado, en Nüremberg tampoco era pecado”.  Me consta que ni Fedrico Jiménez Losantos ni algunos de sus colaboradores más cercanos son homófobos. Mentiría si dijera otra cosa. De todas formas, por alguna razón en los últimos tiempos todos ellos parecen haberse convertido en sus más valiosos compañeros de viaje. Dios sabrá por qué.

logo_npaA lo que iba, no sé si será muy aventurado decir que España será un país normal el día en que me vean haciendo arrumacos a algún fiel lector de Público en el Starbucks del barrio o en un restaurante indio de Lavapiés, pero lo cierto es que no sé qué tendrán que ver las urnas con el amor o el sexo. Hace unos años tuve un fling con un actor que con el tiempo se convertiría en uno de los más politizados del país. No hubo manifiesto ni muestra de cine o teatro comprometido en los últimos años de la presidencia de Aznar en los que no figurase su nombre, que por supuesto no revelaré. En nuestra primera cita me confesó que más de una vez había roto con alguien por discrepancias ideológicas. A mí, que venía de una historia de algo menos de un año con un escritor francés que además era votante troskista, aquello me pareció una majadería . Al final lo nuestro no cuajó por razones ajenas a la política. Sin embargo, un par de veces no tuve otro remedio que sonreír cuando me pidió explicaciones por el periódico que llevaba bajo el brazo.

Tal vez dentro de unos días les cuente si aquello de las diferencias ideológicas que entonces me pareció tan irreal no lo es tanto. Sinceramente, no las tengo todas conmigo. No saben las ganas que tengo de equivocarme… una vez más.

Por cierto, les recomiendo un estupendo artículo de Jesse Walker en defensa de la última película de Quentin Tarantino, que en su primer fin de semana en los EE.UU. ha recaudado la friolera de 37,6 millones de dólares:

But his films aren’t merely about movies, music, and comics; they’re about the people who watch movies, listen to music, and read comics. In other words, they’re about us. Tarantino’s dialogue reflects the way the citizens of a media-saturated society actually talk: We debate the meaning of Madonna lyrics, explain ourselves with allusions to Superman or Kung Fu, crack jokes about Tom Cruise movies, and shift easily from such subjects to Seinfeldian arguments about tipping, foot massages, and other matters of social protocol. Tarantino’s dialogue is too comic and stylized to be completely naturalistic, but it reflects the world outside the movie theater at least as much as the world within it. This isn’t the Tommy Westphall mode of media consumption, the perspective of an autistic boy lost in a self-contained universe. It’s groups of people experiencing the culture together and relating it to their lives…

Maybe you helped defeat an enormously evil enemy, that act seems to say, but you can’t erase your own complicity in evil. It will forever be on your head. Each viewer can decide for himself whether this message is meant just for the Nazi writhing on the ground, or if it applies equally to the avengers on the other side—and perhaps to the audience itself.

chuecadilly@yahoo.es

Una respuesta a “Los progres lo hacen mejor (o eso pensamos Matthew Parris y yo)

  1. Me apunto los dos libros, Luis!

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