Lunch literario y División Azul


En algún momento de mi infancia supe que un tío abuelo mío había estado en la División Azul. Como siempre, al asunto salió en una conversación de mayores que yo escuchaba mientras fingía jugar debajo de la mesa del comedor de la casa de mis abuelos. Como me prohibieron hablar del tema, nunca dije ni pregunté nada. Muchos años después mi abuela y el hijo de mi tío me lo contaron y yo, una vez más, fingí sorpresa (enterarme de más cosas de las que quiero saber es una de las constantes, ora dichosa ora dolorosa, de mi vida).

En los últimos años, la División Azul ha ejercido una atracción irrefenable, no sé si sana o insana, hacia mí. Me pregunto por qué fueron y qué vieron, e incluso fabulo con historias de combatientes. Hasta ayer pensé que era el único en hacerlo, pero parece ser que no es así, a juzgar por La División Azul, de Jorge M. Reverte, presentado ayer en Casa Sefarad Israel. El autor, cuyo padre estuvo alistado, lo mismo que un pariente del presentador, José Álvarez Junco,  se vale de datos históricos conocidos así como de diarios y memorias inéditos hasta ahora para retratar a esa variada y abigarrada colección de hombres y contarnos entre otras cosas cómo llegaron allí aquellos “voluntarios” y lo que vieron, que fue más de lo que oficialmente nos dijeron. Una de las cosas que más me llamaron la atención fue que en algunos casos, los diarios de los miembros de la DA no coinciden con lo que ellos mismos escribieron más de diez años después. ¿Por qué? Las respuestas pueden parecer muy obvias, pero seguro que hay más de las que pensamos.

Entre los asistentes en una sala abarrotada, algunos rostros conocidos, como algún presentador de televisión cuyo nombre no recuerdo (hace tanto tiempo que apenas veo noticias que se me olvidan), la ex ministra de Educación Carmen Cabrera Calvo-Sotelo y el profesor Ludolfo Paramio, antiguo asesor de Felipe Gonzáles y de ZP. Y, como añaden algunos compañeros, que no amigos suyos del PSOE, ex miembro del Opus Dei y captador de la provincia de Madrid. Otro como Enric Sopena. Creo que me reconoció, ya que fui alumno suyo hace varios años, pero no le saludé, algo que ahora lamento porque fue un profesor excepcional y su extraordinaria inteligencia e incluso su cinismo se me antojan admirables.

En estos años en los que no pocos se han dedicado a tirarse unos a otros los muertos de la Guerra Civil y del franquismo a la cara, en muchos casos para espantar algún fantasma familiar (cuántos defensores de la llamada Memoria Histórica son precisamente hijos, nietos y sobrinos de los asesinos cuyos nombres nunca mencionan, curiosa amnesia selectiva) un acto como el de ayer, celebrado precisamente en Casa Sefarad, resulta esperanzador. La curiosidad y el interés renovados por aquellos años, de los que tanto se ha escrito en las últimas décadas, no tiene por qué llevar a nuevos enfrentamientos ni generar ningún espíritu de revancha. Después de todo, ninguno de nosotros estuvo allí, y en el caso de mi generación, nuestros padres tampoco. Tal vez el camino del corazón, que es lo que parece haber hecho Jorge M. Reverte, sea la ruta más adecuada, lo que por supuesto no empece el juicio.

Antes de la presentación, almorcé con unos amigos, entre ellos el escritor Jorge Benavides, autor de Un millón de soles (yo me equivoqué y le dije “Tres soles”). Me encantó verlo de nuevo gracias a la invitación de Mercedes Monmany, el buen gusto personificado. Jorge llegó acompañado de un crítico literario estadounidense muy atractivo -al menos para mí, ya saben los que me conocen bien, poeta maldito con gafas de pasta y pelo rizado- que ahora vive en Madrid y del que ya les hablaré cuando lea sus cosas. Y Esther Bendahan y más personas que no menciono porque uno nunca sabe si quieren que los demás se enteren de dónde almuerzan y con quién. Estoy bien escarmentado.

Hoy toca quedarse en casa, zapatillas y pijama, para traducir una película, aunque no precisamente de Elizabeth Taylor, que en paz descanse. Les dejo un fragmento de una de sus películas que más me impresionó y que también vi de niño debajo del faldón de la mesa del comedor de mis abuelos sin que los mayores se enterasen. Es El árbol de la vida (1957), que, como La División Azul, habla de recuerdos, traumas colectivos vividos de forma individual, rencor, perdón y, cómo no, amor (“desafiando los escándalos y las convenciones”, tell me about it).

2 Respuestas a “Lunch literario y División Azul

  1. Los excombatientes de la Division Azul, ellos; las personas, son una joya española.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s