Murdoch y la hipogresía


Al final del capítulo, condena la extravagancia de los partidos por contar entre sus filas, a fin de que difundan mentiras, a los hombres más viles y a los genios más miserables como son, en su mayoría, los periodistas de nuestros días, que no teniendo ningún otro mérito que un gran apego por su profesión, parecen ignorar completamente las norma de la Pseudología y carecen de las cualidades necesarias para que se les confíe función tan importante.

Corría el año 1712 y un indignado, aunque resignado Jonathan Swift, publicada El arte de la mentira política. Puesto que política y mendacidad van de la mano, y cuanto más democrático y abierto sea un sistema tanto más se extenderán las mentiras, conviene mentir con decoro y habilidad.

Algunos, como The New York Times, donde se compara el cierre de The News of the World y la caída en desgracia de Rupert Murdoch con la primavera árabe, mienten con gran elegancia y una prosa siempre impecable. El número de redactores y reporteros que La Vieja Dama ha tenido que despedir en los últimos años tras descubrir que sus historias eran totalmente inventadas bastaría para calificar al diario neoyorquino de pasquín a todo color. A su lema, “all the news that’s fit to print”, todas las noticias aptas para ser publicadas, deberían añadir “fabulosas narraciones por historias”, como la primera y magnífica novela de Antonio Orejudo. A veces el diario emite una nota de disculpa con sus lectores, otras veces no. Para contarlo ya está Fox News, la cadena de noticias de Murdoch en los EE.UU. y que hasta la fecha no ha tenido que retractarse de ninguna información salida de sus redacciones.

En España, las celebraciones de El País resultan igualmente llamativas. Del GAL hasta la SGAE (qué pocas cosas nos cuenta al respecto el diario de Prisa mientras otros compiten por las exclusivas. ¿Acaso no quieren vender más ejemplares?), pasando por FILESA y otros escándalos socialistas, si algo ha caracterizado la trayectoria del diario independiente de la mañana son sus atronadores, casi ensordecedores silencios. Tanto así que si uno repasase los cambios políticos experimentados por España desde 1993 a través de sus páginas no entendería nada. En los años 90 se decía que al ABC se le morían los lectores (Anson se las ingenió para resucitar a muchos de ellos) igual que al PSOE de Felipe González los votantes. Tal vez el abandono de El País por parte de tantos lectores se deba a la práctica de la medicina preventiva.

No es mi intención defender a Rupert Murdoch, cuyo apoyo explícito al Nuevo Laborismo en innumerables editoriales de The Times y The Sunday Times y la publicación incesante de supuestos escándalos, rumores y cotilleos sobre políticos conservadores  en todos sus periódicos fue un factor clave en la llegada de Tony Blair al poder. Huelga decir que pocos, por no decir ninguno, se escandalizaron entonces. El Partido Laborista le debe a Murdoch casi tanto, si no más, que el Partido Conservador.

La delectación de la prensa progresista ante el anunciado derrumbe del imperio de Murdoch me parece pura envidia. El magnate australiano logró lo que muchos  desean, algunos quieren aparentar y ninguno consigue: convertirse en ungidores de reyes a diestra y siniestra sin dejar de sacar tajada de unos y de otros. Más que defender la honorabilidad de la prensa, lo que les gustaría es participar de las prebendas obtenidas por Murdoch en lugares tan distintos como Gran Bretaña y China gracias a su gran cintura editorial y a su gran habilidad a la hora de elegir caballo político ganador, venga de donde venga. La única diferencia entre las inmoralidades Murdoch y las de sus contrincantes es que a él la jugada le salió mejor que a ellos. Esa es la cuestión y no la publicación de escuchas ilegales, la revelación de secretos de sumarios, los asesinatos civiles de enemigos y personajes incómodos al político a cuyo servicio se esté en ese momento y la persecución de famosos. ¿Acaso ellos no lo han hecho? Sí, pero les pillaron antes.

Todo es poder. A fin de cuentas, ¿qué ascendente tiene el New York Times en los votantes republicanos de a pie a la hora de votar en las primarias de su partido? Poco en Nueva York y ninguno más allá. ¿Y qué influencia tiene El País entre los votantes del PP? Casi siempre la contraria de la deseada. Incluso entre los del PSOE. Además de hipócritas, torpes.

chuecadilly@yahoo.es

Una respuesta a “Murdoch y la hipogresía

  1. El País no cuenta nada de la SGAE porque PRISA ha colocado a uno de los suyos al frente de la institución. La cosa va de mal en peor.
    http://www.elcultural.es/noticias/ESCENARIOS/1862/Miguel_Satrustegui_presidira_la_comision_rectora_de_la_SGAE

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