Bondad gay por decreto


Desde el pasado 14 de julio, los libros de texto de historia de los EE.UU. de California deberán incluir las aportaciones realizadas por estadounidenses gays, lesbianas y transgénero. Tras sancionar la ley, el gobernador Jerry Brown (demócrata) se refirió a ella como “un paso adelante” y añadió que “la historia debe ser honrada”. Gil Durán, portavoz del gobernador, recalca que “la historia debe reflejar la realidad”. Para el senador Mark Leno, demócrata por San Francisco, abiertamente gay y redactor de la norma, denominada “Ley de Educación Justa, Fiel, Incluyente y Respetuosa, o FAIR –justa– por sus siglas en inglés, la ley reducirá la violencia contra las personas LGTB y corrige la “visión incompleta e inexacta del mundo que les rodea” (a los jóvenes).

Los republicanos, que votaron en contra en la Asamblea y Senado californianos, denuncian que la ley introduce los estudios gays en las escuelas, algo absurdo y ofensivo, y que obliga a los colegios a adoptar la “agenda (política) gay”.

Lo primero que me llama la atención es que la ley, dado que debe proporcionar una visión completa del mundo, sólo se limite a Historia de los EE.UU. y no a otras asignaturas, es decir, a todas, inclusive las de ciencias. Por ejemplo, a la hora de explicar la historia de los ordenadores, la mención de Lynn Conway, inventora del primer ordenador superescalar, una aportación que revolucionó la informática, debería estar acompañada de al menos un pie de página que añadiera “por cierto, Conway es transexual”, o de un pequeño cuadro que resumiera la trayectoria vital de la científica. Otro tanto habría que hacer en el caso de Eric Allman, padre gay del correo electrónico.

Por otra parte, me temo que la limitación del ámbito de la ley responda al deseo de no molestar a otras culturas y evitar el etnocentrismo, uno de los mantras progresistas que a algunos nos parece simple neorracismo disfrazado de respeto por la diversidad. De sobra es conocida la paradoja de la izquierda occidental: apoya el matrimonio entre personas del mismo sexo y otras políticas de igualdad legal y visibilidad y al mismo tiempo corteja el voto de grupos étnicos que, como reflejan las encuestas, son bastante homófobos, debido probablemente a las costumbres y prácticas imperantes en los países de origen de esas comunidades. Tal vez sea por eso que el llamado “voto gay” está cada día más dividido, sobre todo cuando los partidos de centro-derecha aceptan al menos parte de esas políticas de igualdad legal con independencia de la orientación sexual.

Sin embargo, nadie está libre de paradojas y contradicciones. Hace pocos días un redactor y columnista del diario conservador Washington Times lamentaba el apoyo de la administración Obama a los homosexuales en los países islámicos, ya que, a su juicio, esa política aumenta el odio hacia los EE.UU. que sienten amplios segmentos de la población de aquellos países. ¿Les suena, verdad? Si aplicamos la ortodoxia neocon deberíamos preguntarnos, ¿por qué los conservadores odian a América y prefieren aplacar a los totalitarios antes que enfrentarse a ellos?

No sé qué efectos prácticos tendrá la ley ni qué medidas tomarán los que se opongan a ella, aunque lo más probable es que el debate se traslade a los consejos escolares y que cada barrio y pueblo del estado quiera adaptar la norma a su idiosincrasia. ¿Otro ejemplo de malgaste de energías y politización innecesaria de la educación? Seguramente.

Quizá mi ejemplo no sea ni generalizable ni ilustrativo, pero como alumno de un prestigioso colegio de curas de Madrid, recuerdo que desde al menos tercero de B.U.P., el actual primero de Bachillerato, en las asignaturas de Historia, Literatura y Latín se mencionó la homosexualidad de varios personajes, tanto de algunos considerados positivos como de los negativos. Las alusiones fueron siempre breves, desprovistas de valoración y enmarcadas en el papel jugado por la orientación del personaje en tal o cual hecho importante. Es decir, que al final uno se quedaba sin saber la opinión del profesor o profesora al respecto lo que, dado el morbo juvenil por esas cuestiones, era lo que más nos interesaba. Tampoco podíamos aprovechar para levantar la mano y hacer algún comentario que iniciase un debate sobre cuestiones de sexo, que a esas edades es lo que obasesiona, algo que los profesores saben bien. Supongo que la actitud aséptica de los míos se debía al menos en parte a su deseo de que su clase no se convierta en un consultorio ni en una terapia de grupo para encauzar la exuberancia hormonal juvenil.

Lo peor de la ley californiana y otras que puedan aprobarse inspiradas por ella es que los docentes acaben teniendo que cargar con otra responsabilidad que atañe a los padres y lidiando con otra nueva distracción que al final no aporte nada. Una cosa es tratar los amores de Zeus y Ganímedes y la apasionante discusión entre los especialistas en la Antigüedad Clásica sobre la existencia lo que hoy llamamos gays y su influencia sobre las creencias de su sociedad, por no mencionar a Ricardo Corazón de León, (los que consideran a Isaac Asimov un icono del progresismo deberían leer lo que el escritor dice del hijo de Leonor de Aquitania y de su homosexualidad en La formación de Inglaterra), y en caso español, las polémicas historiográficas y en algunos casos también en su época sobre Enrique IV de Castilla, Carlos IV, Fernando VII, varios liberales decimonónicos y hasta Felipe IV, y otra realizar una referencia banal, carente de contexto y de contenido, y por ende de relevancia, y por imperativo legal en aras de no sé qué concepto de la autoestima.

Por ejemplo ¿se podría calificar El grupo de San Ildefonso como arte gay? ¿Cómo lo vieron sus contemporáneos? Al respecto de esta y otras cuestiones, les recomiendo la monumental The Greeks and Greek Love, del profesor de Historia Antigua James Davidson, una obra que, al estilo de 1491, echa por ideas equivocadas, algunas intencionadas (algún día les contaré la versión del nacimiento de la teoría queer que nos da Davidson,  espeluznante) a diestra y siniestra.

En fin, que la cuestión da para una asignatura completa, pero imagínense la que se armaría entonces. Gracias a mis profesores, que se guiaban no por una ley, sino por criterios personales de profesionalidad, muchos supimos que la homosexualidad era algo normal, en el sentido de que uno la encuentra en cualquier sitio, que no hace ningún distingo social y que, según las circunstancias, puede o no ser un elemento biográfico importante de esa persona a la hora de tratar su relevancia histórica, aunque aún queda mucho por saber e investigar. Suficiente.

chuecadilly@yahoo.es

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