Il brutto morir de Francisco Camps


Despechugado y con el trasero al aire, así encarará el otrora todopoderoso y siempre atractivo presidente de la Generalitat valenciana la tormenta de arena judicial que se cierne sobre él. Como señaló ayer Elena Valenciano, quien tuvo que hacer un refrito entre lo que tenía preparado en caso de que Camps admitiera su culpabilidad y la inesperada pero bienvenida dimisión, lo suyo es más que dos trajes, aunque probablemente no mucho más.

El gesto de Camps le honraría si no hubiera pasado más de dos años negándolo todo (sigue haciéndolo) y sin asumir ninguna responsabilidad por una trama que, más que financiar ilegalmente al PP, sufragó los lujos de unos cuantos sinvergüenzas de ese partido a costa de sus arcas. Recordemos que la denuncia del escándalo partió de unos militantes de las localidades madrileñas de Majadahonda y Boadilla, escandalizados de que algunos compañeros estuvieran llevándoselo crudo. Como comentaba jocoso el año pasado un militante de Pozuelo de Alarcón al que conocí en una cena, “las piruletas nos salieron a precio de oro”. En vez de robar para el partido, ellos robaron del partido y luego recompensaron aún más a sus corruptores con algún contrato municipal y autonómico del que parece ser que también sacaron tajada. ¿Lo sabía Camps? Y si fue así, ¿por qué lo permitió?  ¿Por qué en la Comunidad de Madrid Esperanza Aguirre y sus hombres emprendieron una auténtica redada al estilo de la DEA estadounidense de consejeros, alcaldes y concejales (la composición de los grupos municipales del PP en algunos ayuntamientos ha cambiado casi un 100% de una legislatura a otra) mientras que en la Comunidad Valenciana se optó por hacer la vista gorda o incluso defender a capa y espada a los imputados y demás sospechosos? Eso es lo que a algunos nos gustaría saber.

Hay un aspecto de todo esto que no suele comentarse y que a mí me preocupa mucho: la corrupción en el seno de los propios partidos políticos derivada del patrimonialismo, el clientelismo y el autoritarismo de algunos líderes locales. Admito que la democratización de los partidos sea una quimera y un inconveniente, pero de ahí a administrar la organización como si fuera un cortijo hay una gran diferencia. No sé qué medidas estará tomando el equipo de Rajoy para evitar que cosas así vuelvan a suceder, pero no estaría mal que en el próximo congreso de su partido alguien propusiera mecanismos que permitan la rendición de cuentas de los jefes ante la militancia y que, llegado el caso, ésta pudiera actuar contra los corruptos e ineficaces mediante un voto de revocación de mandato.

Si, como se cuenta, todo el PP de Baleares conocía todas las trapisondas de Matas y los suyos, ¿por qué nadie dijo nada? ¿Cómo decirlo?, responderían algunos.

El mayor problema interno del PP (y también del PSOE, y de CiU mejor ni hablar) es sin duda el método de selección de sus líderes y candidatos. Entre el caciquismo habitual y el asamblearismo inútil y contraproducente hay varios procedimientos ordenados y, si no tranquilos, al menos no excesivamente tumultuosos de renovación que redundarían en el bien no sólo del partido, sino de todos. Una tarea más para Rajoy, quien de nuevo sale reforzado y demuestra que su estilo de hacer las cosas despacio y a la chita callando está resultando mucho más eficaz de lo que nos parecía. ¿Cuestión de suerte y de calendario propicio? Creo que hasta sus críticos más acérrimos y los que a menudo nos impacientamos por su aparente desgana debemos reconocerle el talento.

chuecadilly@yahoo.es

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